UNA ACLARACIÓN A PROPÓSITO DE GERMÁN PUIG Y LA CINEMATECA DE CUBA

Fuente: cinecubanolapupilainsomne.wordpress.com

Los que hayan entrado con alguna regularidad en este blog, habrán podido notar que nunca he replicado las “réplicas” que reciben algunos de los artículos que publico. Como la idea es fomentar precisamente una cultura de la polémica, y naturalizar la convivencia de puntos de vistas encontrados, pues nada sería más incoherente que imponer falsas conclusiones. Creo que la “Historia” se ha de escribir con la participación de todos, y no solo atendiendo a lo que los vencedores han logrado, por encomiástico que pueda ser ese logro. También pienso que la misión del crítico o investigador está en detectar “los problemas”, no en asumir una pose dictatorial a través de la cual quiere hacer creer que ya lo sabe todo.

Sobre el artículo de la primera Cinemateca me han llegado varios comentarios, aunque todos por la vía privada. La mayoría coincide en que es bueno sacar a la luz pública esta parte de nuestra memoria cultural, con el fin de poner en su lugar lo que a cada cual corresponde. Uno de los mensajes, sin embargo, que por llegarme por esa vía no me considero autorizado a publicar con el nombre del autor, me indica que me he excedido, y exige que rectifique. El mensaje dice así:

“Me parece que te excedes. Te llamo a juicio y a una justa y merecida rectificación. Una cosa es un proyecto y otra cosa es una obra. En tu afán de “reparar” las injusticias de la historia y descubrir sus múltiples aristas; cometes aquí -a mi juicio- un grave error: minimizar a los que construyeron una obra contra viento y marea.

El trabajo de Héctor García Mesa como fundador y creador de la Cinemateca de Cuba, es descomunal e inobjetable. Héctor poseía una altura intelectual y humana reconocida en todos los lugares del mundo, quizás mucho más respetada y reconocida que en su propia Cuba. Su obra no puede, ni debe quedar simplificada a un usurpador de funciones y menos a un tergiversador de una historia de la que fue inobjetable protagonista. Te mando un abrazo y te pido que bajes a tierra”.

Sabía que el artículo iba a levantar alguna que otra controversia. Hace un par de años pasó lo mismo cuando el texto de Emmanuel Vincenot comenzó a circular entre los entendidos. Muchas de las personas que tuvieron acceso al escrito saludaron la tremenda lucidez del investigador francés, y vieron ilusionados que se podría reparar una injusticia. Han pasado unos dos años, y Germán Puig (que hoy vive en Barcelona, y creo que ya cumplió cincuenta años sin regresar a la isla) sigue sin ver reconocida su labor de antaño.

Por mi parte, me gustaría precisar un par de cosas. No creo haberle quitado un ápice de mérito a la labor posterior de Héctor García Mesa que, en efecto, ha sido reconocido internacionalmente como un buen director de Cinemateca. El artículo no es contra la Cinemateca creada en febrero de 1960 (a la cual en ese propio texto considero como un gesto cultural valioso), sino sobre el blanqueo que se ha hecho de una labor anterior que, más que un proyecto, ya tenía resultados concretos.

Es decir, no se trata de la opinión que yo (simple mortal, con más dudas que convicciones) pueda tener sobre este asunto, sino la constatación de una evidencia en la que es posible reconocer documentos, testimonios, resultados. Hasta donde puedo apreciar, no he inventado nada: me he limitado a mencionar los hechos. Esos hechos van desde la creación del Cine Club en 1948, la carta de Titón comunicando a Germán Puig que este ya estaba inscripto como Cinemateca Cubana, el vinculo a la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, las misivas de Vigón hablando antes de morir de la intención de reanimar eso que ya había funcionado y creado adeptos, aunque cesara por falta de apoyo, y por supuesto, el silencio aplastante que a partir de 1959 se impone alrededor de sus protagonistas.

Si se relee el artículo de Héctor García Mesa sobre la Cinemateca de Cuba, que aparece en la Revista Cine Cubano Nro. 95, página 136, se verá el desprecio con que se trata esa labor precedente. El nombre de Germán Puig y Ricardo Vigón brillan por su ausencia, pues todo lo que se dice es esto:

“Puede decirse, con certeza, que la Cinemateca de Cuba no contó con antecedentes históricos efectivos como institución integral. Un Cine Club, fundado en 1948, llamado Cine Club de La Habana, decide transformarse en Cinemateca y consigue que la Cinemateca francesa y el departamento de cine del Museo de Arte Moderno de New York le envíen algunos importantes filmes de corto y largometraje, en calidad de préstamo temporal, es decir, para ser devueltos. Por carecer de medios de conservación de filmes, “la sociedad vio desaparecer muy pronto sus primeras adquisiciones”, como se anota en uno de sus programas el criterio que normaba su fugaz y limitada actividad fue el de complacer las exigencias de un sofisticado y reducido público de “élite” a la usanza convencional de las sociedades de clase capitalistas”.

Séneca repetía algo que a mí en lo personal me encanta: “No es vergüenza saber poco, sino perseverar obstinadamente en el error”. Creo que de eso se trata. De rectificar de manera radical algo que ha sido notoriamente injusto. Somos humanos, y el conocimiento no se adquiere de golpe, sino de modo sucesivo. Lo que no nos podemos dar el lujo es de seguir reciclando eso que en su momento aseguraba García Mesa, por brillante que haya sido después su trabajo al frente de la Cinemateca. Sería imperdonable. Me recriminan que con mi artículo menoscabe la labor de García Mesa (que no es cierto), pero, ¿no se piensa en el daño que este provocó con su omisión a Germán Puig como ser humano?, ¿puede uno sentirse tranquilo sabiéndose cómplice de esa desatención?.

El que accede a los documentos que conserva en su poder Puig, y a sus propios testimonios, reconoce de inmediato a un testigo de lujo de su época, un apasionado del cine, un alucinado (como Vigón) que fue capaz con solo veinte años de aglutinar a su alrededor (y no a la inversa) a personalidades hoy reconocidas como Néstor Almendros, Guillermo Cabrera Infante, o Tomás Gutiérrez Alea. Fueron ellos los que se acercaron a Puig, los que tuvieron el privilegio de haberlo conocido e iniciarse en ese campo que tanta notoriedad le trajo después. Sencillamente es escandaloso que otros, con menos méritos, hoy figuren en la “Historia del cine cubano”, y los nombres de Puig y Vigón ni siquiera se mencionen. En Cuba ni siquiera saben que Puig ha conseguido destacarse en el mundo de la fotografía, con exposiciones en diversas partes del planeta. Es decir, lo mismo que dicen de García Mesa: mucho mejor conocido fuera que dentro.

Creo que hoy en la isla están creadas las condiciones para reparar tamaña injusticia: existe la revista “Cine Cubano” donde puede tener cabida una entrevista con Germán Puig. Tengo entendido que se han reanimado las ediciones de libros por el ICAIC, y la documentación que posee Puig (incluyendo abundantes fotos) podría conformar con creces un volumen a través del cual probar que lo suyo fue mucho más que “una fugaz y limitada actividad”. Por los comentarios que me han llegado por vía privada, se nota que quedan amigos que lo recuerdan con verdadero afecto, y que reconocen en Vigón y en él algo aglutinante. Y está también el Festival de La Habana, que en diciembre invita a un sinnúmero de amantes del cine de todo el mundo: ¿por qué no invitarlo y hacerle en vida el homenaje que se merece, a él, que ha sido uno de nuestros más ilustres y primeros cinéfilos?.

Juan Antonio García Borrero

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