Germán Puig, Ricardo Vigón y Henri Langlois, pioneros de la Cinemateca de Cuba.

 

Artículo original por Emmanuel Vincenot (en Francés)

Para los que deseen obtener información sobre la Cinemateca de Cuba, el sitio Internet http://www.cubacine.cu , entrada oficial del cine cubano, propone la siguiente síntesis histórica:

 

La Cinemateca de Cuba nació bajo los auspicios delInstituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), y desde entonces se ha mantenido como un archivo estable. Es miembro de la Federación Internacional de Archivos de Filmes (FIAF) [sic] 1961, y de la Coordinadora Latinoamericana de Archivos de Imágenes en Movimiento (CLAIM). Es la única verdadera cinemateca en la islas caribeñas y una de las que mayor patrimonio fílmico conserva en nuetra área geográfica.

 

Aunque esta presentación es clara no deja de estar algo errada, y constituye un perfecto ejemplo de lo que Juan Antonio García Borrero hace llamar «icaicentrismo». La Cinemateca de Cuba, tal y como la conocemos en la actualidad, ciertamente fue creada en 1961 por iniciativa de Alfredo Guevara y del ICAIC; sin embargo, esta creación no fue más que un renacimiento inscrito en la prolongación de dos pioneros olvidados: Germán Puig Y Ricardo Vigón. Como veremos más adelante, estos dos jóvenes, unidos por una amistad romántica y habitados por la fiebre de la cinefilia, estuvieron en la fuente de la floración de los cine-clubs antes de la Revolución, y en 1951 fundaron la primera Cinemateca de Cuba con la decisiva ayuda de Henri Langlois.

 

Síntesis historiográfica

 

Antes de estudiar concretamente cuales eran las condiciones de trabajo de Germán Puir y Ricardo Vigón con Henri Langlois, y como los lazos que unían a estos tres hombres finalizaron en un episodio desconocido de las relaciones franco-cubanas, nos parece necesario recapitular sobre la forma en que sus trabajos han sido evocados por historiadores y diferentes testigos de la época. La confusión mayor gira alrededor de esta cuestión, y solo la consulta de los archivos personales de Germán Puig, quien reside actualemente en Barcelona, nos ha permitido conocer la magnitud de los errores y lagunas que contienen los textos publicados hasta el presente.

 

Una de las posiciones más extremistas ha consistido en callar la existencia de la primera Cinemateca de Cuba, con el propósito de establecer el mito según el cual la historia del cine cubano debuta en 1959, con la creción del ICAIC. Es así como en 1963, la revista Cine Cubano no dedica ni una línea a los esfuerzos de Germán Puig y Ricerdo Vigón en el artículo dedicado a la institución, de la que Héctor García Mesa es director en aquel entonces. El texto comienza de la forma siguiente:

 

La Cinemateca de Cuba fue creada, como un departamento cultural del ICAI, a mediados de 1961, con el propósito de adquirir, conservar, y en la medida de lo posible exhibir todo material interesante al conocimiento y estudio del cine (films, literatura, equipos, etc), con especial atención de cuanto se refiere al cine nacional. Ese mismo año fue admitida como «Miembro Provisional» de la Federación Internacional de los Archivos de Films (FIAF), cuyo secretario reside en París.

 

Mario Rodríguez Alemán tampoco hace referencia al trabajo de Puig y Vigón en su artículo titulado «Bosquejo histórico del cine cubano» , publicado en el mismo número. Este mismo silencio lo volveremos a sentir veinte años más tarde con José Antonio González, autor de una síntesis histórica particularmente dogmática, «Apunte para la historia de un cine sin historia», que sin embargo insiste en la importancia de Nuestro Tiempo, sociedad cultural que por un tiempo estuvo asociada a la Cinemateca de Cuba. El historiador rinde igualmente homenaje a José Manuel Valdés Rodríguez, profesor de la Universidad de la Habana que desarrolló los estudios cinematográficos en su país y organizó, a partir de 1942, cursos de verano que tuvieron una gran acogida y permitieron la formación de toda una generación de cinéfilos, entre los que figuraban Germán Puig y Ricardo Vigón.

 

 

Michel Chanan también insiste en la obra pionera de Nuestro Tiempo y de Valdés Rodríguez, pero además menciona la existencia de la Cinemateca de Cuba antes de la Revolución. Sun embargo, lo hace con tanta discreción y de manera tan poco detallada que el lector queda insatisfecho. Veamos lo que aparece en su obra the Cuban Image, publicada en 1985:

 

During the 50s, [Carlos] Franqui had been prominent in the aficionado film movement. He belonged to e group that included Germán puig, the future ICAIC cameraman Ramón Suárez, and the writers Edmundo Desnoes and Guillermo Cabrera Infante, which revived the Cinemateca; and he had made, together with Puig, a short publicity film (Carta de una madre, Lettet to a mother’). Puig and Desnoes made a short wivh was produced and edited by Suárez.

 

El nombre del grupo del que habla Chanan no se precisa, y el texto habla de la Cinemateca como si antes hubiese sido mencionada, cosa que no sucede. El título del cortometraje realizado por Puig y Desnoes no se menciona (se trata de Sarna, realizado en 1952), ni se hace alusión a las actividades de Ricardo Vigón y Henri langlois. Por lo tanto, este fragmento ofrece más interrogantes que respuestas, y deja toda una etapa de la historia del cine prerevolucionario en una especie de nebulosa.

 

En 1981, la americana Julianne Burton publica un artículo con un mayor número de informaciones. Aunque estas últimas son generalmente falsas, el texto que redacta para la obra colectiva dirigida por Guy Hennebelle y Alfonso Gumucio-Dagron, El cine de América latina, tiene un párrafo destinado a la Cinemateca de Cuba en el que se menciona Nuestro Tiempo y a José Manuel Valdés Rodríguez. Julianne Burton comienza diciendo que Valdés Rodríguez dirigió la Cinemateca, lo que no es cierto, y luego agrega:

En aquel entonces la Cinemateca de Cuba era dirigida por Guillermo Cabrera Infante, más conocido por su novela «Tres Tristes Tigres» [...]. La «Cinemateca», que no existió hasta 1956, contaba también entre sus miembros con dos personas que jugarían un papel constructivo en la vida cultural post-revolucionaria: el escritor Edmundo Desdoes y el cineasta Tomás Gutiérrez Alea.

 

El nombre de Germán Puig desapareció, el de Ricardo sigue estando ausente, al igual que el de Langlois, y además la historiadora ofrece dos informaciones inexactas: Cabrera Infante jamás dirigió la Cinemateca (aunque le fue concedido el título honorífico de «director») y esta no fue creada en 1956. Sin embargo, Burton menciona la participación de Gutiérrez Alea, quien efectivamente fue un miembro activo de la institución tal y como veremos más adelante.

 

Augusto Martínez Torres y Manuel Pérez Estremera, en su libro Nuevo Cine latinoamericano, mencionan también la existencia desde 1973 del grupo de cinéfilos designado por Channan y Burton:

 

Por los años cincuenta, un grupo formado por Edmundo Desnoes, Ramón F Suárez, Guillermo Cabrera Infante, Germán Puig, Carlos franqui y Néstor Almendros crean la Cinemateca de Cuba, que proyecta un ciclo compuesto por algunas de las películas más importantes de la historia del cine, y realiza los cortometrajes Carta a una madre, El guante, Pintura, Hamlet, en los cuales colaboran unos y otros.

 

Ricardo Vigón y Henri Langlois siguen sin ser mencionados, y la creación de la cinemateca se presenta como un acto colectivo, lo que sigue siendo inexacto, pero el texto tiene el mérito de citar las actividades de la institución dirigida por Germán Puig.

 

Todas estas aproximaciones y omisiones son tanto más sorprendentes cuando tenemos en cuenta que, desde 1966, Arturo Agramonte había elaborado a grandes trazos la historia de la Cinemateca:

 

Iniciada en 1948 como el primer Cine Club que funcionó en la Habana. La Cinemateca de Cuba, ya con una perspectiva más amplia en sus funciones, se convierte en sus funciones en una institución con todas las características inherentes a la misma, pero sin los recursos económicos necesarios para su buena marcha.

De allí que con gran pesar vieran desaparecer valiosas adquisiciones como «M», El sombrero de paja de Italia y otras por carecer de lugar apropiado donde conservarlas.

Auspiciada por la Cinemateca Francesa, y con la colaboración de la primera directiva de la Sociedad «Nuestro Tiempo» y el apoyo de la Dirección de Cultura, la Cinemateca de Cuba exhibió en menos de un año de labor continuada los filmes más representativos de la historia del cine [...].

En 1955, la Cinemateca de Cuba volvió a reanudar sus actividades, pero las mismas no fueron muy duraderas. La directiva estaba integrada por: Presidente, Germán Puig Paredes; primer vice, Roberto J. Branly Deymier; segundo vice, Adrian García Hernández; director, Guillermo Cabrera Infante; vicedirector, Néstor Almendros Cuyás; tesorero, Rine R. Leal Pérez; vicetesorero, Plácido González Gómez; secretario, Julio matas Graupera; vicesecretario, Jaime Soriano Gelardino; vocales, María López Salas, Paulino Villanueva, Rodolfo Santovenia y Emilio Guede.

 

Agramonte puede ofrecer estas informaciones porque él mismo participó en las actividades de la Cinemateca, asegurando la proyección de algunos filmes. Aunque el historiador no menciona la labor de Ricardo Vigón y no explica las condiciones exactas de creación del organismo, entrega la cronología más exacta, así como la lista de nombres más completa. En otra parte, menciona incluso a Henri Llanglois, pero lo asocia a José Manuel Valdés Rodríguez:

 

El profesor José Manuel Rodríguez fue invitado al Festival de Cannes y aprovechó la ocasión para visitar al Ministro de Relaciones Exteriores francés, quien donó a la Universidad de la Habana diez películas, entre ellas Balzac, París 1848 y El Correo de Lyon. A través del Departamento de Cultura del Ministerio de Relaciones Exteriores, se relacionó con el señor Henri Langlois, logrando de su entrevista el envió de programas a Cuba.

 

Inmediatamente después Agramonte evoca el conflicto entre José Manuel Valdés Rodríguez y toda la joven Cinemateca de Cuba, y señala los límites de su conocimiento histórico:

 

El primer programa de la Cinemateca Francesa que se proyectó en Cuba procedía de México, donde había un Cine Club. Sin embargo, inexplicablemente, dichos programas se facilitaron a la Cinemateca de Cuba, de reciente formación. Esto provocó una protesta del Departamento de Cinematografía de la Universidad de La Habana a través de su director, el profesor José Manuel Valdés Rodriguez.

 

El interés de este fragmento es que de una forma discreta se rinde cuenta de los conflictos que en los años 50 sacudieron al pequeño mundo de los cine-clubs de las sociedades culturales. Pero se cuida mucho de entrar en polémica, ya que estos temas de apariencia anodina en realidad tuvieron una gran repercusión después de la Revolución, pues con la victoria de Castro había llegado la hora del ajuste de cuentas. De un modo discreto Agramonte señala un nudo histórico, uno de esos momentos en el cual las líneas de fraccionamiento entre los diferentes actores de la vida cultural. Como veremos más tarde, Valdés Rodríguez no perdonará nunca a sus antiguos estudiantes, Germán Puig y Ricardo Vigón, el haber creado la Cinemateca antes que él y el haberse convertido en interlocutores privilegiados de Henri Langlois.

 

Desafortunadamente, el libro de Agramonte tuvo un difusión muy limitada durante mucho tiempo, pues el ICAIC había retirado de circulación la mayoría de los ejemplares y los datos históricos que contiene la obra no pudieron ser convenientemente retomados y explotados. Habría que esperar hasta 1997 para que una nueva publicación nos informara con detalles sobre la creación y la historia de la Cinemateca de Cuba. Es así como Eulalia María Douglas evoca en La tienda negra, Cine-Club de La Habana y cinemateca al mismo tiempo:

 

[Marzo de 1948:] se funda el Cine club de la Habana, que en 1951 se integra a la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo y que posteriormente tomara el nombre de Cinemateca de Cuba.

 

Con habilidad, la historiadora expone las bases de un discurso histórico que teniendo la apariencia de la neutralidad, de hecho obedece a intereses superiores y permanece fiel a la línea oficial que hace de Nuestro Tiempo el eje de la vida cultural antes de la Revolución. María Eulalia Douglas no habla de Puig ni de Vigón, y relaciona inmediatamente al Cine-Club de La Habana con Nuestro Tiempo, cuando en realidad ambos organismos no establecen más que una breve relación no exenta de conflictos. La cuestión es hacernos creer que el Cine club reconoció la «autoridad» de Nuestro Tiempo desde la creación de este último, cuando en realidad Germán Puig Y Ricardo Vigón siempre buscaron ser independientes.

Cuando después María Eulalia Douglas dice que el Cine-Club tomó el nombre de Cinemateca de Cuba, ella prepara el resto de su texto con vistas a negar el estatus de Cinemateca al organismo creado por Germán Puig en 1951. Veamos como la historiadora presenta los hechos:

 

[Noviembre de 1951] El Cine-Club de La Habana cambia su nombre por el de Cinemateca de Cuba y continua integrado a la sociedad Nuestro Tiempo. A fines de este año, debido a una crisis económica que atraviesa Nuestro Tiempo, la Cinemateca se independiza. En 1953 suspende sus actividades y las reanuda en 1955.

Por carecer de cede propia, de depósitos para las películas y archivos de documentación, esta cinemateca funcionó como un cine-club, no pudiendo alcanzar durante su existencia el estatutos de cinemateca.

 

Después Douglas retoma la lista de miembros de la dirección del organismo, tal y como aparecía en la obra de Arturo Agramonte (correspondiente al año 1955). El texto tiende a explicar que la Cinemateca de Cuba no era realmente una cinemateca, incluso afirma que no tenía el estatus, lo que jurídicamente es un error. De hecho, la historiadora busca minimizar la importancia histórica de la acción de Germán Puig para defender mejor la legitimidad de la actual Cinemateca de Cuba (de la que por otro lado ella es empleada). Por la misma razón, su texto hace aparecer a la Cinemateca como una rama de Nuestro Tiempo, lo que es aún más inexacto. Algunas páginas más adelante, Douglas continúa diciendo:

 

[Mayo de 1956:] La Cinemateca de Cuba interrumpe sus exhibiciones debido a diferencias de criterio entre los miembros de la Junte Directiva. Poco después, al reorganizarse la Directiva, en la que permanecen algunos miembros de la anterior, reanudan sus exhibiciones en la sociedad Lyceum Lawn Tennis Club.

 

Al igual que Agramonte, Douglas permanece muy evasiva cuando cita los desacuerdos y conflictos que conmocionaron los medios culturales en la época pre-revolucionaria. Las «diferencias de criterios» de las que habla se traducen en violentas disputas entre Germán Puig, acusado de mantener a la Cinemateca fuera de la lucha política, y otros miembros del organismo, como Cabrera Infante o Gutiérrez Alea, que deseaban enfrentar al régimen de Batista. Cabrera Infante incluso llevó el asunto a las columnas de Carteles, revista en la que él se ocupaba de la crítica cinematográfica con el seudónimo de G. Caín. Justo en este momento la suerte de Germán Puig quedó sellada, y quedó solo frente a los miembros de Nuestro Tiempo. Estos últimos, cuando accedieron al poder cultural en 1959, lo dejaron automáticamente de lado, al igual que a Ricardo Vigón.

 

María Eulalia Douglas termina mencionando de forma muy breve la disolución de la Cinemateca de Cuba en diciembre de 1956:

 

[Diciembre de 1956:] La Cinemateca de Cuba suspende definitivamente sus actividades. Al disolverse, devuelve al Museo de Arte moderno de Nueva York los filmes que recibió en préstamos.

 

La lectura de los principales textos destinados al cine cubano nos muestran, por lo tanto, que el asunto de la Cinemateca de Cuba sufrió un tratamiento provisto de lagunas por parte de los historiadores, quienes en algunos casos mantuvieron en silencio su existencia, y en otros casos, intentaron minimizar su importancia haciéndola aparecer como un apéndice de Nuestro Tiempo. Inclusos las obras con mayor número de información (la de Agramonte y la de María Eulalia Douglas) contienen numerosas omisiones e inexactitudes, y siempre confieren mucha más atención a las actividades de Nuestro Tiempo, del que se sabe que sus miembros terminaron fundando el ICAIC. De hecho, el discurso histórico dominante busca la negación del carácter pionero de la acción de Germán Puig y Ricardo Vigón, y va incluso hasta el punto de hacer desaparecer el nombre de este último. No obstante, en 1963, Guillermo Infante Cabrera le dedica dos páginas del prefacio de su libro, Un oficio del siglo XX, y escribe:

 

Todo lo que sé de cine [...] se lo debo a tres personas: Ricardo Vigón, Germán Puig y Néstor Almendros. Pongo a Vigón en primer lugar [...] porque es a él a quien debo más.

 

¿Por qué razón los fundadores de la Cinemateca de Cuba y primeros compañeros de ruta de Cabrera Infante terminaron desapareciendo de la historia oficial del cine cubano? A esta pregunta trataremos de responder en las páginas siguientes.

 

Primeros pasos: la creación del Cine-Club de La Habana

 

Germán Puig y Ricardo Vigón se conocen una noche del 1 de diciembre de 1946. En aquel entonces eran dos jóvenes de origen modesto, que vivían sus primeras emociones artísticas y que muy pronto establecen una indefectible amistad. En el transcurso de los meses siguientes, principios de 1947, comienzan a frecuentar las salas de concierto y de cine, y se entusiasman con las obras que descubren, en especial Odd Man Out [ Carol Reed, 1947], que los hace, literalmente, llorar de emoción. Enseguida deciden inscribirse en los cursos que propone José Manuel Valdés Rodríguez en La Universidad de La Habana. Es así como durante los meses de julio y agosto 1948 participan en la formación titulada « El cine : industria y arte de nuestro tiempo», en el que son proyectados y estudiados una decena de clásicos tales como Iván el Terrible [Sergeї Eisenstein, 1945], La bella y la bestia [Jean Cocteau, 1946], Henri V [Laurence Olivier, 1944]. Germán Puig obtiene una beca, otorgada por Kodak, por haber redactado una crítica de Captain from Castile [Henry King, 1947].

Aunque el proyecto de creación de un cine-club no se concreta hasta algunos meses después de ese curso de verano, ya se encontraba en proceso de gestación en el mes de mayo, como pudimos comprobar en la lectura de varias cartas de Ricardo Vigón. A partir de marzo, Puig y Vigón organizaron proyecciones de filmes franceses y norteamericanos en salas privadas, con copias obtenidas con los distribuidores cuyos locales se encontraban en aquel entonces en el barrio llamado La Corea.

Del 7 de mayo al 5 de junio 1948, Germán Puig viaja a Nueva York, donde trabaja con vendedor de hot-dogts durante el día y en su tiempo libre frecuenta los museos. Los dos jóvenes se escriben casi todos los días. El 23 de mayo, Ricardo Vigón relata una entrevista que tuvo con Valdés Rodríguez, y la descripción que hace no es nada halagüeña :

 

El sábado por la tarde fui a ver a Valdés Rodríguez, desolador Germán, terrible, lo esperé largo rato, fui a las seis y media y llegó a las siete y media. Le di [síc] tu dirección y hable de muy pocas cosas con él. Poco antes de irme me decidí y le hable de la próxima clase. Pero me dijo que estaba muy ocupado, que no podía ser ahora y que esperáramos a que tú [síc] llegaras. Yo le explique que era necesario, para mantener el ambiente, continuar regularmente. Pero me dijo que lo pensaría, tú sabes un resistencia pasiva. Que [síc] más [síc] está eso de V. R, se ve que no tiene interés, no le gusta haberse creado ese compromiso, le resulta mucho más cómodo sus artículos. Además su curso.

 

Ricardo Vigón hace alusión aquí a la participación de Valdés Rodríguez en los proyectos organizados por los dos jóvenes, y que constituían el embrión del Cine-Club que deseaban crear. La Universidad había aceptado en un primer momento animar los debates después de las proyecciones, pero su entusiasmo disminuyó muy pronto. Como veremos más tarde, las relaciones entre Puig, Vigón y Valdés Rodríguez entrarán en conflicto y la decepción de los dos estudiantes será aún mayor, pues en un principio ellos habían pensado en asociar a su profesor en el proyecto.

 

El 25 de mayo, Ricardo Vigón redacta una nueva carta donde explica en detalle la forma en la que podría funcionar el Cine-Club:

 

Germán estoy decidido a formar el Club, para los primeros días del mes que viene. Mira a ver si te gusta el plan.

Cuatro funciones al mes. Cada socio tendrán derecho a asistir a dos funciones; en cada función [síc] asistirán 50 socios o sea que los 100 disfrutarán de los dos funciones mensuales y será una entrada mensual de 100 pesos, pues cada socio pagará un peso mensual. Nunca faltará gente, pus si no hay gente que se comprometan a pagar todos los meses un peso fijo, sin embargo, si [síc] irán un día u otro y siempre estará llena la función. Alquilaremos sillas y con los 100 dólares podremos alquilar cualquier película, además obtendremos prestigio y las compañías facilitarán muchas películas nuevas. Pondremos Iván el terrible, La Bella y la Bestia, Las Puertas de la Noche, antes o después de V. Rodríguez. Aramís me ayudará en todo después de las elecciones, sé que será un formidable cerebro organizador.

 

Mientras que las funciones organizadas hasta ese momento por Puig y Vigón fueron experiencias aisladas, ahora se trata de darle un marco legal y una estructura al proyecto, haciendo de ello un auténtico Cine-Club. El 27 de mayo, Vigón vuelve a mencionar el asunto:

 

Tengo que empezar a recolectar a los futuros socios del CLUB, hablaré con Jorge León, Leonor, Raul, etc, etc.... Quiero que cuando vuelvas te encuentres con nuestro flamante Club, ¿cómo [síc] le pondremos? ¿Pro-Arte Cinematográfico? Me parece acertado, además y no es por vanidad, el nombre le daría cierta continuación con pro-Arte Musical, hacen falta varios Pro-Artes. Si has pensado otro dímelo, de todos modos será una elección democrática.

 

Contrariamente a lo que esperaba Ricardo Vigón en ese momento, el Cine-Club no podrá ser constituido como tal antes del regreso de Puig a La Habana, a principios de junio, y no es hasta mayo de 1949 que se registran los estatutos. Los documentos oficiales presentarán tres firmas: las de Germán Puig, Ricardo Vigón y una sus amigas, Victoria González. Los fundadores de la asociación declaran perseguir los siguientes objetivos:

 

Propulsar la difusión de la cinematografía artística en Cuba con fines de alta cultura exhibiendo las cintas de mayor dignificación en el avance de la cinematografía universal y con las utilidades que producen dichas exhibiciones, la creación d una biblioteca cinematográfica, así como la adquisición de cintas y aparatos cinematográficos en general, ya sean alquilados o comprados, pudiendo obtenerse por todos los medios lícitos al efecto para los fines de la sociedad, haciendo posible de esta manera la realización de filmes artísticos dentro de la sociedad, elevando con ello nuestro nivel cultural.

 

Como podemos ver, la idea de crear un cinemateca ya se encontraba subyacente, al igual que la de hacer películas. El Cine-Club agrupa muy pronto a numerosos jóvenes entusiastas, de los cuales algunos llegan a realizar notables carreras artísticas: Néstor Almendros, Guillermo Cabrera Infante, Tomás Gutiérrez Alea, Ramón Suárez, entre otros. Las funciones de proyección se multiplican con un éxito creciente, y Valdés Rodríguez termina por ponerse extremadamente celoso, a tal punto que se vale de sus relaciones con ARTYC (Asociación de Redactores Teatrales y Cinematográficos) para que no se le hiciese publicidad alguna en la prensa al Cine-Club y para impedir que sus organizadores alquilaran salas de cine. Si bien hubo que pagar la primera de las maniobras, el Cine-Club logra encontrar locales para sus proyecciones (para esto deberá cambiar con frecuencia de dirección , y utilizar lugares tan diversos como la sala Royal News o el Instituto de Previsión y Reformas Sociales). Pero el conflicto más violento no había estallado aún, es entonces cuando en 1951 la enemistad entre Puig, Vigón y Valdés Rodríguez degenera en una guerra abierta.

 

La Creación de la Cinemateca de Cuba y el asunto Langlois.

 

Todo comenzó con el viaje a París efectuado por Germán Puig en octubre de 1950. Mientras que Gutiérrez Alea ya había filmado algunos cortos (ya fuera solo – El Fakir [1947], La Caperucita Roja [1947] – ya fuera con Néstor Almendros –Una confusión cotidiana [1950]-), Puig aún no había realizado nada (filmará Sarna en 1952 en la casa de Wilfredo Lam). Sin embargo, es el primero en partir hacia Europa para comenzar sus estudios cinematográficos. Raúl Roa, en aquel entonces Director de Cultura en el Ministerio cubano de Educación, le otorga la beca que él había solicitado en septiembre de 1950, permitiéndole abandonar su puesto de maestro interno en un liceo de La Habana pudiendo conservar su salario durante un año.Puig embarca para Francia el 13 de octubre, y arriba al Havre 11 días más tarde. Enamorado de la cultura y del cine francés, deseaba estudiar en el IDHEC y no en una escuela de cine norteamericana, lo que habría sido más simple y menos costoso.. Pero en el momento de su partida, él ignora que la escuela acababa de cerrar sus puertas de manera excepcional, y no recibiría a ningún estudiante entre 1950-1951. La carta que contenía esta información llega a casa de su madre cuando ya su barco iba camino al Havre. A su llegada a París, Puig se instala en la Ciudad Universitaria y busca la forma de sacar provecho de su estancia en Francia. Es así como, a principios de enero pide un encuentro con Henri Langlois, el director de la Cinemateca francesa. Este último se encontraba fuera, pero le envía un correo el 18 de enero para fijar una cita, que sería a la semana siguiente cuando estuviera de regreso a París. El primer encuentro entre los dos hombres será breve pero decisivo.

 

Puig quería solicitar el préstamo de algunos filmes franceses para el Cine-Club de La Habana, pero Langlois le informó que uno de sus compatriotas había venido a verlo el mes anterior por el mismo motivo: Valdés Rodríguez. Puig le explicó automáticamente en que consistían las actividades de Rodríguez en la esfera cinematográfica, pero no sabiendo que tipo de relaciones había establecido su antiguo profesor con el director de la Cinemateca, no hizo mención de las tensiones existentes alrededor del Cine-Club. Ante lo cual Langlois, elevando su dedo índice hacia arriba, exclamó: « ¡Ustedes me esconden algo!». Impresionado por la intuición de su interlocutor, Puig expuso en detalle el conflicto que tenía con el profesor de la Universidad de La Habana, y los celos que este alimentaba con respecto a su Cine-Club. Langlois tomó una decisión inmediata y declaró: « Los filmes son para ustedes». La reunión había terminado, solo había durado cinco minutos. Claro está, Valdés Rodríguez tomo muy a mal la decisión de Langlois, y acusó a Puig y a los otros miembros del Cine-Club de haber armado un complot contra él. En realidad, Rodríguez le había resultado muy antipático a Langlois, e inmediatamente entabló amistad con Germán Puig, cuyo entusiasmo e idealismo le recordaban su propio camino (Langlois había fundado la Cinemateca francesa en 1936 junto a otro «iluminado» del cine, Georges Franju, del mismo modo que Puig y Vigón acababan de crear su Cine-Club sobre la base de igual amistad e igual pasión). Una carta de Gutiérrez Alea, que data del 30 de marzo de 1951, nos aporta un enfoque inédito sobre el asunto:

 

[...] Néstor me escribió desde México diciéndome que había visto una carta que la Cinemateca [síc] le había enviado al Cine-Club de México donde les decía que tenían dos peticiones de películas desde la Habana: una de «un Personaje oficial muy desagradable» (sic. en el original), (ya puedes suponer quien [síc] es, y otra de unos muchachos jóvenes, y que preferían enviárselas [síc] a estos últimos. (los muchachos jóvenes supongo que debemos ser nosotros). Con estos antecedentes resulta desconcertante el anuncio del viejo V.R.

 

Desde febrero de 1951, Puig se puso en contacto con el embajador de Cuba en París, Héctor de Ayala, y con Raúl Roa en La Habana, para organizar el envío de las latas de películas que la Cinemateca francesa aceptaba prestar; pero por su lado, Valdés Rodríguez maniobraba para recuperarlas a su llegada a Cuba. La lectura de la abundante correspondencia entre Puig y los miembros del Cine-Club de La Habana, entre ellos Gutiérrez Alea, nos muestran que los programas de cine francés fueron objeto de una intensa lucha, y un desafío de poder en la Habana. Valdés Rodríguez buscaba impresionar a los jóvenes responsables del Cine-Club multiplicando los efectos del anuncio, y desde el mes de marzo de 1951, pretendía estar en condiciones de proyectar películas enviadas por la Cinemateca. Veamos en efecto que escribe Gutiérrez Alea:

 

Querido amigo:

Una carta muy apresurada para darte una mala noticia. Se trata de las películas de la Cinemateca [síc], las cuales Valdés Rodríguez anunció que pondría en la Universidad, pues las ha conseguido a través del Cónsul francés. Est sucedió ayer, y no sabemos qué pensar ni qué hacer, pues no tenemos ninguna comunicación oficial de Henri Langlois concediéndonos dichas películas. La noticia, como verás, es desalentadora. ¿Qué crees tú qué se pueda hacer?¿ No podrías conseguir con M. Langlois que nos mandara una comunicación oficial de la Cinemathèque [síc] para presentarla ante la Legación de Francia donde nos indique como destinatario de dichas películas?

 

De hecho, en ese momento Valdés Rodríguez no tiene la posibilidad de proyectar las películas que anunciaba, pero en el mes de mayo sus manejos terminan por dar resultado y logra que le fuera entregado un lote de películas inicialmente destinadas al Cine-Club. El 27 de mayo de 1951, Gutiérrez Alea escribe:

 

Querido amigo:

Aquí estamos desesperados por saber de ti y de todo el problema de la Cinemathèque. Hoy (ahora son las 8 de la mañana) me he levantado, y lo primero que he visto en el periódico es un anuncio del Cine de Arte de la Universidad, de Valdés [síc] Rodríguez: «El Cine de Arte de la Universidad se complace en anunciar su nueva serie de clásicos del cine Galo [...].» No sé dónde las habrá conseguido, pero creo que nos está tomando la delantera [...].

No voy a echar la carta hasta pasado mañana para poder decirte con seguridad si el programa que presentará VR es el mismo de la Cinematheque [síc] u otro. De todas maneras, debes enviarnos noticias de lo que haces en ese sentido.

 

Luego de haber asistido a la proyección, Alea continua:

 

Efectivamente, las películas que puso VR en la Universidad son las de la Cinematheque [síc], y las consiguió por mediación delEmbajador de Francia: Monsieur Beauvergais, y vinieron a través del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia, los Affaires Etrangères. Se ve [síc] que VR tiene mucha palanca con M. Beauvergais, lo cual hizo posible la realización de sus maquiavélicos propósitos de usurpación. Como ves estamos jodidos. Por lo menos supongo que algo habrás aprendido de estas cosas: TODO HAY QUE HACERLO CON PAPELES [...].

 

 

Como podemos comprobar , la lucha por el control de las películas fue dura, y no es hasta el mes de agosto que Puig logra encontrar el medio parta enviar las cintas sin que cayeran en manos de Valdés Rodríguez. De hecho, los responsables del Cine-Club dependían de Germán Puig para el envío de películas de la Cinemateca francesa y en un primer tiempo lanzaron sobre él la responsabilidad de los primeros fracasos, antes de concluir admitiendo que ellos mismos habían sido poco eficaces en La Habana.

 

El problema de los papeles y los documentos oficiales se vuelve lancinante en la correspondencia que intercambian Puig y los miembros del Cine-Club, y la comunicación es lenta y difícil. Alea y Cabrera Infante no imaginan el considerable trabajo que Puig realiza en París; del mismo modo que Puig no entiende por qué algunos envíos no llegan a sus destinatarios, ni por qué sus amigos tardan tanto en legalizar la creación de la Cinemateca. Este es un asunto crucial para él, ya que no puede mandar las películas de manera regular y con seguridad hasta tanto el Cine-Club se transforme en Cinemateca. La institución dirigida por Langlois solo podía efectuar intercambio de filmes con organismos similares. Por esa razón Puig invitó a los amigos que estaban en Cuba a declarar nuevos estatutos, copiados por los de la Cinemateca Francesa. Incluso el nombre de la nueva institución sería reflejo de su modelo: primero bautizada «Cinemateca Cubana» ( y no «Filmoteca Cubana»), finalmente se convierte en «Cinemateca de Cuba». Cuando en 1961 se reactiva la institución, el ICAIC conservó involuntariamente la huella del origen francés del proyecto.

 

Tal y como Germán Puig nos explicó, Langlois fue quien le sugirió la creación de una cinemateca en Cuba con el mismo modelo de la que existía en París. Sin embargo, la lentitud en la comunicación entre La Habana y París retrasó el establecimiento de este organismo, además de que todos los miembros del Cine-Club eran voluntarios y estaban acaparados por otras actividades, o simplemente se encontraban en el extranjero. Alea terminaba sus estudios de derecho, Cabrera Infante se lanzaba en su carrera de periodismo, Néstor Almendros se encontraba en México, mientras que Puig multiplicaba sus experiencias y formación cinematográfica. Durante el primer semestre del año 1951, participó en los cursos del Instituto de Filmología de la Universidad de París, en el que impartía clases Georges Sadoul, y además recibió un taller durante el rodaje de L’auberge rouge, Claude Autant-Lara, en el que participó como 3er asistente.

En el mes de julio (del 12 al 17 exactamente), Langlois lo invita a participar en el congreso de la FIAF (Federación Internacional de Archivos de Filmes) que se desarrollaba en Cambridge. Puig asistió a los trabajos en calidad de representante de la Cinemateca de Cuba, que por primera vez accedía a un reconocimiento oficial e internacional. Posteriormente la joven institución se afilió a la FIAF, y Puig volvió a insistir a Cabrera Infante, Almendros y Gutiérrez Alea para que efectuaran los trámites legales que permitieran la creación de la Cinemateca. Por su parte, los miembros del Cine-Club esperaban que Puig redactara los estatutos. Veamos lo que escribe Gutiérrez Alea el 16 de agosto de 1951:

 

En primer lugar, no tengo que decirte lo muy agradecidos que estamos todos de ti, Eso ya tú lo sabes. Y para los que no lo saben, lo diremos el día de la primera función.

En cuanto al problema que no podemos cobrar la entrada, creemos que lo podemos resolver haciendo socios exclusivos delCine-Club (que después que tú envíes los estatutos será la Cinemateca Cubana) a $0.80 mensual, aparte de los socios de NUESTRO TIEMPO [...]

Te diré que ya estamos inscritos con unos estatutos provisionales y con el nombre de CINEMATECA DE CUBANA, pero que aperecemos ente el público como Cine-Club de La Habana, hasta que tú digas que podemos hablar de nuestras intenciones de crear una cinemateca [...]

Si no nos envían regularmente los programas que dices que ya nos tienen separados, no tendremos que ofrecer [síc] a nuestros asociados, y ya te puedes imaginar lo que sucederá. Sobre todo por el hecho de que no solamente VR es nuestro enemigo: tenemos muchos otros enemigos, que antes eran nuestros amigos y que ahora sólo esperan la oportunidad de atacarnos. Estoy hablando en general de la Sociedad Nuestro Tiempo, que es a quien le dirigen sus ataques, no solo al Cine-Club. [...]

Por lo tanto Germán, casi puedo decirte que en tus manos está gran parte de lo que puede ser nuestro triunfo o fracaso. Quiero que sientas plenamente esta responsabilidad.

 

Las propuestas de Gutiérrez Alea nos permiten comprobar con que intensidad vivía sus luchas intestinas el mundo de la cinefília, pero de igual modo destaca la importancia del papel de Puig en estos conflictos: su presencia y acción al lado de Langlois lo volvían ineludible, por lo tanto muchos envidiaban su posición. Estos celos desencadenaron dos actitudes: algunos, como Valdés Rodríguez, trataron de destruir su trabajo; otros intentaron de una manera más sutil separarlo de su proyecto. Ese fue el caso en particular de los encargados de Nuestro Tiempo, esa sociedad cultural creada en enero de 1951, poco después de la llegada a Francia de Germán Puig, a la que inmediatamente se afiliaron Cabrera Infante, Almendros y Gutiérrez Alea. Desde un primer momento se instala una gran confusión entre las actividades del Cine-Club y las de Nuestro Tiempo, luego entre las de la Cinemateca de Cuba y las de Nuestro Tiempo. Como los responsables del Cine-Club son igualmente miembros de Nuestro Tiempo, ellos deciden asociar a los dos organismos sin tomarse el trabajo de consultar a Puig, que sin embargo es el Presidente y fundador del Cine-Club. También buscarán colocar a la Cinemateca bajo la tutela de Nuestro Tiempo, una vez más sin el consentimiento de Puig, que desde París pide que la Cinemateca, la cual preside y creó, permanezca independiente. Este punto en particular terminará provocando una guerra abierta entre Puig y Alfredo Guevara, miembro influyente de Nuestro Tiempo y futuro director del ICAIC.

 

A principios de 1951, Ganglios envía las primeras películas específicamente destinadas al Cine-Club, pero por ineficacia de la administración cubana el paquete demorará varias semanas antes de llegar a sus destinatarios. A pesar de todo, las películas terminarán siendo proyectadas en público en el mes de septiembre. Y a partir de ese momento la Cinemateca de Cuba logrará organizar, en diversos lugares, numerosos ciclos destinados a los clásicos del 7mo arte, que tendrán un éxito creciente hasta que las actividades del organismo se interrumpen en noviembre de 1952.

 

El 13 de octubre de 1951, Puig envía una carta a Alea para puntualizar con él el tema de la creación de la Cinemateca, que aún seguía sin arreglar. Señalemos que en aquella fecha, la relación entre los dos jóvenes estaba tensa: Alea esperaba que Puig lo ayudara a inscribirse en el IDHEC y a organizar su viaje a Francia, y le reprochaba que no se ocupaba lo suficiente de él. Puig, por su lado, consideraba haberle enviado las informaciones necesarias y se mostraba impaciente ante la incapacidad de Gutiérrez Alea para hacerse cargo. Estas son las instrucciones que Puig le envía a Alea (como utiliza una máquina de escribir francesa, faltan todos los acentos):

 

Ahora, hablemos de la CINEMATECA CUBANA. He recibido tus cartas y el programa. Langlois lo ha visto y esta muy contento y ha pasado por alto todas las demoras de las cuales no nos responsabiliza [...]. Lo urgente según el es constituir la Cinemateca Cubana de acuerdo con los reglamentos que envie con el segundo programa, constituir la directiva que la encabezaran un presidente o representante oficial, que en este caso debo ser yo para los efectos de la FIAF [...] y tambien de un director o secretario general [aquí Langlois] que se ocupara de la direccion de la Cinemateca. Si tu te quedas no veo a nadie mejor para ello, si te vas habria que tenerse mucho cuidado a quien se le confía. Te dire que estoy un poco disgustado contigo por el hecho de que nunca me has hablado de quienes están trabajando contigo.

 

Puig continua más adelante:

 

Una vez constituida la Cinemateca tirar copia de los reglamentos y la directiva en mimeógrafo y enviarme varias copias para mi, la Cinemateca y la FIAF; si no es así Langlois me ha dicho que no puede justificar ante dicha Federacion de Archivos de Films la ayuda que nos presta. Esta muy bien el que lo hayas escrito; por otra parte te dire que una vez constituida la Cinemateca queda automaticamente separada de Nuestro Tiempo dicha union resulta problemática.

 

 

La última frase no podía ser más clara, pero no es hasta el regreso de Puig a Cuba, en mayo de 1952, que se hará efectiva la separación de Nuestro Tiempo y la Cinemateca. Puig enfrentará a Alfredo Guevara en una violenta discusión, y desde entonces los dos hombres se tendrán una profunda enemistad. Su oposición sobrepasaba el simple problema jurídico (el de la independencia de la Cinemateca) para revestir una dimensión más ideológica: mientras que Guevara era comunista y deseaba poner al arte al servicio de la política, Puig defendía la autonomía de la esfera artística y en ningún caso instrumentalizar la cinemateca. Ricardo Vigón fue uno de los únicos en defender la posición de Puig, y ambos quedaron prohibidos en le ICAIC por Guevara.

 

A finales de octubre de 1951, Alea parte finalmente para Italia, al Centro Sperimentale di Cinematografía de Roma. Allí se reúne con Julio García Espinosa y permanece hasta 1953 (Ricardo Vigón, por su parte, se dirige a París a finales de agosto, y Puig se lo presenta inmediatamente a Langlois, quien lo había contratado en la Cinemateca Francesa). En ausencia de Alea, Néstor Almendros toma el relevo en La Habana, recepcionando los filmes que Puig y Langlois empezaron a enviar de manera regular. Aunque el asunto de los estatutos de la Cinemateca aún no estaba arreglado, el director de la Cinemateca Francesa continuaban brindando todo su apoyo a la iniciativa de Puig, y se mostraba encantado de poder ayudar a la difusión de la cinefília de la cultura francesa.

La primera carta que Almendros escribe el 2 de noviembre de 1951 señala una vez más la importancia del trabajo de Puig en París, y de igual modo permite comprender porque Nuestro Tiempo se empeñaba tanto en ampararse del Cine-Club.

 

La ayuda tuya al «Cine-Club» (ahora Cinemateca Cubana) ha sido fundamental, sin ella no hubiéramos [síc] podido escapar de una muerte segura en manos de los distribuidores, de la incomprensión y de ciertas personas que tu [síc] conoces. A «Nuestro Tiempo» también la ha salvado. Con la enfermedad de Harold la sociedad se quedó [síc] prácticamente sin cabeza y todo parecía se iba a desmoronar. Todo el mundo se iba por su lado y nadie quería trabajar. Hace unos meses que Nuestro Tiempo ha existido gracias al cine Cine-Club, ya que no ha habido otro acto en todo este tiempo [...]

Donde Nuestro Tiempo está teniendo un éxito «delirante» es en las funciones del cine club.

 

Como podemos ver , la popularidad de las funciones de cine organizadas con los filmes de la Cinemateca Francesa permitía la vida de Nuestro Tiempo, y aumentaba su influencia y su proyección. Inicialmente concebida como una asociación ajena al debate político, esta sociedad cultural se convirtió rápidamente en un submarino del partido comunista – lo que empujó a varios miembros a partir : Es así como Guillermo Infante abandona la dirección de Nuestro Tiempo a partir de 1951 – y buscaba ocupar una posición dominante en la esfera cultural e intelectual. En el marco de esta estrategia era importante controlar las actividades relacionadas con el cine, evidentemente más populares y federativas que las de la música clásica o el teatro.

Almendros también evoca los celos de Valdés Rodríguez, quien continua actuando para sabotear el trabajo del Cine-Club:

 

Tal ha sido el éxito que, según parece, VR esta [síc] muriéndose de rabia. Hemos sabido que habla como nunca pestes de nosotros y que esta [síc] haciendo todo los posible para hundirnos. Prácticamente esta [sic] coaccionando a los críticos para que no nos publiquen notas de prensa y su «campaña» en este segundo programa está teniendo éxito aunque no todo el que quisiera. Sin embargo, hay que andarse con cuidado, es un tipo temible.

 

Almendros también cita la transformación del Cine-Club en Cinemateca :

 

Entre mi mamá y yo hemos traducido los estatutos de la Cinemateca Cubana y solo falta hacerle algunas modificaciones para que se legalice y cambiemos oficialmente nuestro nombre por el de Cinemateca Cubana [...].

Antes de salir Titón tuvimos una pequeña reunión los del cine club para ver que reformas se hacían con su salida y principalmente como se iban a distribuir los cargos. Ya de acuerdo con los estatutos de la Cinemateca las «elecciones» quedaron como sigue. Presidente: Germán Puig, Vice: Guillermito, Secretario: Juan Blanco, Vice: Rine, Tesorero: Branly, Propaganda: Losandro Otero y por último a mí me dieron un cargo con un título un poco raro: Director. Yo desde luego no tengo las cualidades de director de Titón, ni la capacidad de contemporizar con la gente, ya lo recuerdas, pero haré todo lo posible para hacerlo ahora, con la experiencia, mejor que antes.

 

La correspondencia entre Almendros y Puig nos indican que después de la partida de Gutiérrez Alea, seguían existiendo problemas de transporte y recepción de los filmes de la Cinemateca Francesa, y ocurría que algunos envíos que debían tener un período mensual, se perdían momentáneamente (el único aliciente era que los paquetes no caían en manos de Valdés Rodríguez). Por lo tanto, los responsables del Cine-Club debían buscar películas de reemplazo para los distribuidores locales, pero estos nunca atraían a tanto público como las obras prestadas por la Cinemateca Francesa.

 

En diciembre de 1951, o enero de 1952 (no pudimos encontrar la fecha con precisión), luego de varios altercados, tuvo lugar un encuentro entre Valdés Rodríguez y la dirección de la Cinemateca (que aún no había arreglado el problema de su cambio de estatutos). Poco tiempo después, Cabrera Infante escribe a Germán Puig para hacerle un resumen de la reunión, evocando en su carta los reproches hechos por el universitario a sus antiguos estudiantes. También explica que Valdés Rodríguez mostró las cartas que habían intercambiado con Langlois y no comprende porque el director de la Cinemateca Francesa prefirió colaborar con un grupo de jóvenes desconocidos en lugar de hacerlo con la Universidad de la Habana. Como Rodríguez no puede imaginar que Langlois lo detesta, piensa que los responsables del Cine-Club montaron una contra él, e incluso los acusa de haber robado el fichero de los miembros de su propio Cine-Club. Cabrera Infante concluye que la reunión no permitió desactivar el conflicto y que todo el mundo se mantuvo en su posición. El desagrado que le provoca Valdés Rodríguez es tan fuerte como el expresado en las cartas de Gutiérrez Alea.

 

Durante ese tiempo Puig trata de continuar su estancia en París, pero finalmente no logra obtener la beca de la UNESCO que tenía prevista. Por lo que deberá pedir a su madre que le envíe un poco de dinero para permanecer unos meses más. Después de haber renunciado a inscribirse en el IDHEC, que reabrió sus puertas en septiembre de 1951, por un tiempo estuvo pensando en ir al Centro Sperimentale de Roma, pero por falta de medios financieros abandona la idea (parece ser que Gutiérrez Alea fue quien heredó el puesto que tenía reservado el director de la escuela, Mario Verdone, para Puig después de haberlo conocido en la Cinemateca Francesa). Germán Puig decide por lo tanto regresar a Cuba a finales de abril de 1952. En espera, continua trabajando junto a Ricardo Vigón en la Cinemateca (la que no le paga, o muy poco) y busca, sin éxito alguno, ser contratado como asistente en la filmación de alguna película. Después de París, continúa preocupándose por el futuro de la Cinemateca de Cuba, tal y como nos muestra una carta escrita a Néstor Almendros el 16 de febrero de 1952 (como utiliza de nuevo una máquina de escribir francesa, faltan todos los acentos):

 

Supongo que sabrás que espero ir a Cuba en Mayo o Julio y antes de partir [sic] necesito dejar aclararecer aquí una serie de cosas. Parece ser que las cosas no van todo lo bien que debieran. Por lo que veo no han adoptado el nombre de Cinemateca, lo cual les dije hace meses era urgentisimo e imprescindible para obtener la ayuda de aquí; Si esto no se ha hecho ni se han presentado los papeles para legalizarnos, puede fácilmente ocasionar la suspensión de envío de los programas, pues legalmente Langlois no puede ayudar a un Cine Club, tal vez se fuera todo al diablo. Hace ya siete meses del congreso d la FIAF ante la cual éramos Cinemateca. Quiero que ustedes comprendan que lo que estoy haciendo aquí es tratar de construir la Cinemateca Cubana y es necesario que ustedes hagan algo al máximo o nunca se llegara a nada. Por ejemplo te escribir una vez que era necesario conseguir viejas películas cubanas o noticiarios y que averiguaras sobre los cartones que se hacen en Oriente para enviarlos acá. Ni tan siquiera me mencionaste el asunto en tu carta. Hay que tratar de obtener donaciones ese tipo.

 

Esta carta pone en evidencia las dificultadas que tenía Puig para orientar y controlar la Cinemateca desde París, por eso regresa con cierto alivio a La Habana el 1 de mayo de 1952. El sabe que puede contar con Ricardo Vigón, quien permaneció con Langlois, para continuar el envío de las películas en su lugar. Pero este texto también non muestra que Puig, contrario a lo que pudieron escribir sus detractores, no concebía la Cinemateca de Cuba como un Cine-Club mejorado, sino que contaba firmemente con convertirlo en un instrumento de preservación del patrimonio fílmico nacional e internacional, lo que además estaba estipulado en los estatutos.

Almemdros, al parecer teniendo en cuenta las reprimendas de Puig, le respondió unos días después:

 

Voy detrás de un apista de filmes mudos cubanos. En esta semana se resolverá. Guillaremos está encargado de ver a Santo y Atraigas para lo mismo. No sé [sic] si habrá hecho algo. Comprenderás que no puedo estar al tanto de todo: tango también otras cosas además de la Cinemateca.

 

Las palabras de Almendros subraya las limitaciones de los miembros de la Cinemateca: su dedicación era voluntaria y solo podían hacerla en el tiempo libre que les dejaban los estudios o el trabajo. Además, tenían un problema fundamental: el almacenamiento de los filmes. Aunque habían logrado encontrar películas cubanas y sacarle copias a las que enviaba la Cinemateca Francesa (lo que probaron hacer desde que pudieron), no habrían tenido un lugar donde almacenarlas (al contrario de Valdés Rodríguez, que disponía de algunas estanterías en la Universidad).

 

El 1 de mayo de 1952, Germán Puig regresa a Cuba y automáticamente intento buscar solución a este problema, por desgracia no tuvo éxito. Por otra parte, se ocupó de presentar de modo definitivo los estatutos de la Cinemateca (un documento oficial atesta que el trámite tuvo lugar el 23 de junio de 1952). Ese texto, que no pudimos consultar, exponía el modo de funcionamiento de la asociación y el artículo n˚2 en particular fijaba sus objetivos. El primero de ellos era el siguiente:

 

a)     conservar toda clase de documentos (fotografías, artículos, revistas, libros, manuscritos, programas, periódicos, partituras musicales, material de publicidad, guiones, textos impresos, manuscritos o dactilografiados, maquetas de decoración, dibujos, trajes, recuerdos)que hayan pertenecido a la cinematografía y filmes positivos y negativos que le seas confiados en depósito, prestados, dados y que puedan adquirirse.

 

Por consiguiente, la asociación lo que deseaba era conservar filmes y documentos relativos a l cine, incluso otros artículos que pudieran de igual modo favorecer la difusión del saber cinematográfico y organizar proyecciones. De lo que se trataba, aunque parezca imposible, en el espíritu de su fundador, era de crear en Cuba un auténtica cinemateca, y no de perpetuar el Cine-Club creado en 1948.

 

Con el fin de marcar la independencia de la Cinemateca, Puig separó, desde su llegada, sus actividades de las de Nuestro Tiempo; sin dudar, como ya explicamos, en echarle la culpa a Alfredo Guevara. Después buscó la forma de instalar la biblioteca de la Cinemateca en los locales del Colegio de arquitectos, que para entonces llevaba varios meses proyectando películas. La cooperación duró algunos meses, después la Cinemateca tuvo que buscar otro lugar donde organizar sus funciones, pero siempre se encontraba con la puertas cerradas.. Sin apoyo alguno, sin medios financieros y sufriendo una situación política desfavorable (Batista acababa de subir al poder con un golpe de Estado), el organismo terminó cesando sus actividades, aún cuando su éxito ante el público no se desmentía. Es de imaginar que las acciones de Valdés Rodríguez no se encontraban ajenas a esta parada.

Veamos lo que escribiría Germán Puig a Ricardo Vigón el 15 de agosto de 1952:

 

Ricardo:

Estas líneas para explicarte el asunto VR. –Cinemateca-Artic.

Después de varios intentos, hoy en casa de E.H. Alonso nos reunimos con V.R.

La Artic nos cerró la prensa hace ya días y V.R. nos acusa de llamarle ladrón, no teniendo otras pruebas que los comentarios de algunos de sus allegados. El Sr. Alonso estima que las películas debieron ser entregadas a la Universidad por ser este organismo nuestro máximo centro docente, etc., etc., que es una manera sutil de ponernos frente a la Universidad pues ya tú sabrás lo que les importa a estos la docencia, la decencia y todos esos conceptos que tan libremente usan. Y nos acusó incluyéndote a ti de querer perjudicarlo.

La Artic estima que toda la divulgación cultural [sic] de tipo cinematográfico debe ser ofrecida por la Universidad y no nos confiere «estabilidad» suficiente para que ofrezcamos nosotros esos programas. Se nos acusa de haber tratado con Langlois la obtención de los programas «por medio no muy recomendables [sic] ». Nos acusan de difamarlo, etc. [...].

 

Sigue una información sorprendente :

 

Piensa querellarse contra M. Langlois y difamarlo; aquí han dicho que es un irresponsable que no tiene suficiente moral para ocupar el cargo que ocupa. Nosotros no queremos escribirle a M. Langlois informándole sobre estas cosas pues nos parece mejor que tú, que estás cerca de ellos, se los informes personalmente. E.H. Alonso es el Presidente de la A.R.T.I.C (Asociación de redactores teatrales cinematográficos).

De por medio estarán probablemente El Sr. Embajador de Francia. El Ministerio de relaciones exteriores y en caso de fracasar sus gestiones nos han dicho que apelarán en una campaña difamatoria por medio de la prensa francesa.

 

Frente al cambio delirante que tomaban los acontecimientos, Puig solo podía concluir de la siguiente manera:

 

El problema es en síntesis: forzarnos a cederles las películas. Tú sabes que no hemos tenido crítica y que ninguno de esos señores amantes del cine ha pasado un solo día ha ver los programas de la Cinemateca. El caso es acabar con nosotros por todos los medios.

 

Pero el peligro no venía simplemente de fuera: en el seno mismo de la Cinemateca, algunos criticaban el trabajo de su fundador. Un ejemplo es que durante su estancia en Venecia, en septiembre de 1952, Gutiérrez Alea explica a Ricardo Vigón que Germán Puig no es la persona más indicada para dirigir el organismo. Vigón resume del siguiente modo la discusión que tuvo con Alea y García Espinosa:

 

Titón ha enrolado [a Julio García Espinosa] en sus asuntos, y forman una unidad de pensamiento y perspectivas. [...] Titón y Julio estaban de acuerdo en que tú no estabas capacitado para manejar los asuntos del Cine-Club y hasta me preguntaron quiénes estaban trabajando allá en el Cine-Club y siguen conlas ideas eternas de la dependencia de los periodistas, les afectó mucho la historia de la A.R.T.I.C. Además inmediatamente me dijeron lo que había predicho en la carta anterior y opinaron que tú no habías hecho nada en París y que para tener una verdadera personalidad cinematográfica había que hacer una escuela. Me trataron de empujar la idea de que ellos hoy en día tienen tal personalidad. [...].

Frente a la cuestión de si eras o no el que debías estar frente a los asuntos de la Cinemateca, les dije que tú eras la única persona que de vida estabas comprometida con ella no sólo en pasado y presente sino también en futuro y que todos los logros de ella (la Cinemateca) estaban basados en tu labor. Te dir´r que esto los calló definitivamente.

 

Como podemos ver, Germán Puig solo podía realmente contar con la amistad de Ricardo Vigón. Los celos de unos se combinaban con las ambiciones de otros; por lógica, la estructura que él había creado terminó por dejar de funcionar. La Cinemateca proyectó su última película el 2 de noviembre de 1952, La pasión de Juana de Arco, de Dreyer, y esta función fue la que más espectadores reunió después de la creación del organismo.

 

Efímero renacimiento de la Cinemateca de Cuba

 

Aunque las condiciones exactas de la disolución momentánea de la Cinemateca siguen siendo confusas (Germán Puig no recuerda más detalles, además parecer ser que en ese mismo período su vida personal era complicada), una cosa es cierta: nunca se cuestionó el apoyo de Langlois y de la Cinemateca Francesa. Eso lo comprobamos en la lectura de las cartas de Ricardo Vigón, en particular en una enviada el 27 de abril de 1953 a Adoración, la esposa de Germán Puig:

 

Una cosa fundamental es que no me informas de si la Cinemateca existe o no (según carta de Alejo, Germán dice que no anda bien por falta de filmes, pero esta no es la razón pues basta con perdírmelas para que yo haga todas las gestiones), Langlois y Meerson siempre me preguntan por ella y yo he tenido que decirles [...] que al parecer esta ha dejado de existir. [...] Ellos le tienen un gran cariño a Germán y siempre insisten preguntándome por él.

 

Langlois continuaba comunicándose con Puig, aconsejéndole en particular de no perder contacto con la FIAF.

 

De 1952 a 1953, los miembros de la Cinemateca siguen frecuentándose , pero las relaciones se debilitaron y cada uno siguió su trayectoria personal: Cabrera Infante comenzó la carrera de periodismo; Gutiérrez Alea, que ya había regresado de Italia, es acaparado por Nuestro Tiempo; Néstor Almendros se encuentra en New York y Germán Puig encontró un trabajo de redactor-diseñador en una agencia publicitaria, En 1955, Puig llega ha filmar un cortometraje para la seguridad vial, patrocinado por Esso y titulado Carta de una madre (la película tiene tanto éxito que la dirección de la compañía petrolera le escribe para felicitarlo). Un año antes, él había fundado con Carlos Franqui una pequeña sociedad de producciones de cortometrajes.

 

En octubre de 1955 (del 6 al 19 exactamente), Puig efectúa un viaje a New York en compañía de Adrián García Hernández y aprovecha su estancia para ir hasta MoMa, donde se pone en contacto con el responsable de los archivos fílmicos. De hecho, lo que desea es reactivar la Cinemateca y las colecciones del museo neoyorquino le interesan. Poco tiempo antes, Guillermo Cabrera infante, igual de paso por los Estados Unidos, logró de manera totalmente excepcional convencer al museo para que hicieran un préstamos de sus filmes a la Cinemateca. Con el apoyo del Instituto Nacional de Cultura, dirigido por Guillermo de Zéndegui, quien acepta acoger las proyecciones de la asociación en el Palacio de Bellas Artes, Puig estará en condiciones de reactivar la Cinemateca y organiza un nuevo ciclo titulado «Los clásicos del Museo de Arte de Nueva York». La primera funcione tuvo lugar el 3 de diciembre de 1955 y la última el 26 de mayo de 1956 (el 24 de agosto se inició un segundo ciclo que luego se interrumpió de forma brutal).

Este renacer de la cinemateca cubana provocó nuevos ataques de Valdés Rodríguez. Cinco años después de haber reclamado el monopolio de exhibición de filmes enviados por la Cinemateca Francesa, el profesor de la Universidad de La Habana pretende en este momento controlar la exclusividad de la difusión de los de MoMa. Pero uno de los responsables del museo escribe a Germán Puig para tranquilizarlo:

 

Mr. Adams tells that Señor Rodríguez [sic] has claimed taht’ he was the only man in Cuba who was permitted to import Museum films, that we had given him an exclusive license to do so. This is, of course, manifestly impossible: we never grant exclusive licenses to anyone to rent films in a given area [...]

Please do not hesitate to write if we can help in any way.

 

Sin embargo, Valdés Rodríguez será menos dañino que la primera vez, y al parecer su instento de desestabilización de la Cinemateca se desconoce en adelante. La crisis se producirá desde adentro, al estallar una violenta disputa entre los miembros de la dirección a mediados del ciclo de proyección (es decir en el transcurso del primer semestre de 1956, en una fecha que no pudimos determinar con exactitud). Justo cuando el Instituto Nacional de Cultura, ante el éxito logrado por las proyecciones de la Cinemateca, se preparar para brindar un apoyo más consecuente con la asociación brindándolo finalmente los locales que necesitaba para conservar los filmes, una parte de sus responsables decidió realizar un acto de protesta contra el régimen de Batista. Germán Puig resume el incidente de la forma siguiente:

 

En medio del ciclo, que duró del 3 de diciembre de 1955 al 26 de mayo de 1956, parte de la directiva, en nombre de una «toma de conciencia política», decidió interrumpir el ciclo de Bellas Artes secuestrando una de las películas a punto de exhibirse. Yo no entendía esa actitud. Siempre he sido apolítico. [...]

No recuerdo de qué película del ciclo se trataba, pero logré rescatarla antes de que Guillermo cabrera Infante y Adrián García Hernández se hicieran con ella. Me entrevisté con Guillermo de Zéguendi y lo puse al tanto de los acontecimientos, ratificándole mi respeto al compromiso contraído y mi decisión de llevar a término la proyección de todas las películas del ciclo. [...]

Al finalizar el ciclo y a causa de este conflicto, Zéguendi me retiró su apoyo y quedé solo con Julio Matas, excelente compañero, y Rodolfo Santovenia, amigo excepcional.

 

Puig desengañado, nos cuenta más adelante el final de esta cinemateca por la que tanto había luchado:

 

Al pedir el apoyo delInstituto Nacional de Cultura y el local de Bellas Artes se reprodujo la menesterosa búsqueda de locales del pasado. Llegó a mis oídos que los desertores (¿cómo llamarlos?) no encontraron otro medio de ejercer su militancia que repetir las «hazañas» de Valdés Rodríguez para que no consiguiéramos locales. Eso se me dijo y nunca pude comprobarlo, pero volvimos a arrostrar las mismas dificultades de antaño hasta que el Lyceum Lawn tennis Club nos prestó su local. Durante tres semanas Guillermo Cabrera Infante sostuvo en Carteles una polémica, si mal no recuerdo con Julio Matas, en la que afirmó cosas como éstas: « La Cinemateca exhibiría sus filmes en una institución femenina» y « Puede que triunfe, los filmes se lo merecen. Puede que fracase, ese señor (se refería a mí) se lo merece.»

 

La implosión de la Cinemateca selló los encuentros momentáneos de Cabrera Infante y Nuestro tiempo, algunos miembros de la sociedad cultural, entre ellos Gutiérrez Alea, habían participado en la suspensión voluntaria. De un modo irónico, las dos tendencias ideológicas que cada uno representaba iban a enfrentarse algunos años más tarde durante el caso P.M, y en esta ocasión Guevara pudo más que Cabrera Infante.

 

Regreso a París

 

Muy afectado por el conflicto y la desaparición de la Cinemateca, Germán Puig se dirigió a Langlois, de cuya amistad no dudaba. En diciembre de 1956, le escribe para explicarle la situación y hacerle saber su deseo de regresar a París para trabajar en la Cinemateca Francesa (la carta, redactada en francés, tiene algunos errores en el idioma que decidimos conservar) :

 

Querido amigo:

Ayer en la tarde vi a Carlos Figueredo, me estuvo hablando un buen rato sobre ti, de tu pequeña lista de encargos en donde la última era «noticias de Germán Puig». Me siento un poco culpable de no enviártelas más amenudo, pero no me gusta estarme quejando y mi batalla ha sido terrible y más que estéril. Casi todo el mundo está en mi contra debido a sus intereses para nada puros [...]. La Cinemateca d Cuba está moribunda sin haber conocido la vida que merecía.

Una oleada de celos me ha rodeado durante mucho tiempo sin que yo me hubiese dado cuenta; lo que concluyó con nuestra partida del Instituto de Cultura, forzada por algunos miembros de nuestra ex-directiva : Guillermo Cabrera Infante, Roberto Branly, Jaime Soriano, Paul Villanueva, todos conscientes de que ese era el primer paso para la liquidación de la Cinemateca de Cuba, como pudimos comprobar más tarde. En fin correspondencia violada y robada por Cabrera Infante, que se erige como mi peor enemigo y que al criticarla también adoptó la misma posición de ese desagradable personaje de Valdés Rodríguez. Es demasiado doloroso y desagradable de contar en detalles por carta.

Carlos me dijo que estuvo trabajando contigo, que le dabas para vivir y que al partir le pediste si podía dejar a alguien en su lugar. Bien, SI ESE PUESTO ESTA ABIERTO PARA MI ESTOY LISTO PARA PARTIR AHORA INMEDIATAMENTE. Tengo una gran certeza de que solo en Francia tengo posibilidades de ganarme la vida y recuperar mi creación, y en Francia cerca de ti. Estoy seguro que desde allá podré hacer mucho más por el cine cubano que si me quedó aquí.

 

Por supuesto que Langlois acepta ayudarlo pero le advierte de las dificultades que se encontrará : la Cinemateca Francesa no tiene dinero y solo podrá ofrecerle un miserable puesto de cursillista. A pesar de todo, Puig está decidido a irse de Cuba y no duda en abandonar a su mujer e hijo por algunos meses pues en ese momento necesita huir de la atmósfera agobiante que reina en La Habana. El 8 de mayo de 1957 embarca para Francia para llegar el 27 del mes siguiente. Une vez en París comienza por trabajar en la Cinemateca Francesa durante algunos meses, pero la paga es tan pobre que solicita y obtiene una beca de estudios del gobierno francés, que le permitió asistir a los curso del centro audiovisual de la E.N.S de San Cloud. Se gradúa en junio de 1958 y se dedica a viajar en Francia y España en busca de trabajo en el sector de la publicidad. Insensible a sus problemas financieros Langlois le reprocha haber abandonado la Cinemateca Francesa al cabo de unos meses, pero no dejará de mostrarle su amistad. En esa época sobreviene la Revolución cubana : los viejos amigos de Germán Puig acceden a nuevos cargos.

 

Proyectos abortados

 

Cuando Castro arriba al poder, Alfredo Guevara emprende la tarea de centralizar todas las actividades cinematográficas y ponerlas bajo su mando. En marzo de 1959, creó el ICAIC y recurre a los antiguos miembros de Nuestro Tiempo para conformar el núcleo del organismo. Gutiérrez Alea y Cabrera Infante respaldan a Guevara durante los primeros meses, luego Cabrera abandona el Instituto como mismo había dejado a Nuestro Tiempo poco después de su creación. Comprendió que la mentalidad abierta de Guevara no era más que una fachada y que en realidad la orientación ideológica del ICAIC ya estaba prestablecidad. Cabrera Infante piensa en la posibilidad de existencia de un discurso más liberal en la revista Lunes de Revolución, pero en 1961 la censura de P.M y las palabras de Castro dirigida a los intelectuales le demuestran que estaba equivocado.

Al inicio el ICAIC se presenta como un organismo abierto y tolerante : Guevara organiza una gran reunión para invitar a todo aquel interesado en el cine a formar parte del instituto, haciendo un llamado a sus conocidos. Es a sí como logra apartar a Gutiérrez Alea de la Dirección Nacional de Cultura del Ejército Rebelde, organismo creado por Camilo Cienfuegos desde los primeros días de la Revolución, y el propio joven cineasta se pone en contacto con ramón Suárez, que entonces vivía en Suecia, para convencerlo de venir a participar en la Revolución (Suárez exigirá más tarde a Gutiérrez Alea que lo ayude a salir de Cuba). Néstro Almendros, que estaba en Nueva York, regresa a La Habana en otoño de 1959, mientras que Ricardo Vigón, que se encontraba en México, regresa en la primavera. Puig por su lado prefiere permanecer en París y busca el modo de actuar a favor del cine cubano desde Francia.

Ricardo Vigón y Germán Puig se tropiezan con las hostilidades de Guevara, y ninguno de los proyectos que defienden será aceptado. A Ricardo Vigón se le prohibirá incluso el acceso al ICAIC.

Vigón regresa a La Habana poco después de la creación del ICAIC , en junio del 59, y automáticamente busca la forma de reactivar la Cinemateca. Por su lado, Puig trabaja en un proyecto basado en la creación de un Centro Audiovisual, especie de escuela de cine financiada por Francia y que debería ser creada en La Habana. El 22 de junio de 1959, Vigón escribe a su amigo incitándolo a venir a Cuba y su carta, como las siguientes, nos muestran en un día inédito un período crucial de la vida cultural cubana contemporánea:

Debes regresar en estos momentos aunque después te vuelvas a ir, tú sabes que ahora no te será difícil hacerlo, si ves que no te conviene quedarte.

Yo trato de resucitar la Cinemateca, por supuesto que cuento contigo y así lo he hecho constar en Memorándum que presenté al Instituto de Cine y que presentaré también en el Bellas Artes. Me parece muy interesante lo del centro audiovisual. Guevara es director del Instituto de Titón tiene el segundo cargo en importancia, Guillermo más omenos como Titón. Los dos primeros, por supuesto, no te aceptan y Guillermito tengo la impresión de que sí. Trabajaré en Revolución escribiendo tres veces por semana. De todos modos daré la batalla. Hay dinero para hacer cine. Estoy seguro que aquí tú y sobre todo si te apareces con lo del centro audiovisual triunfarás a pesar de ellos. Ayer vi un documental de Titón con guión de J.G. Espinosa, malísimo, hecho a base de clichés mal ensamblados. Algo absurdo. Lucha por venir Germán, no te dejes acomplejar.

 

El juicio que Vigón hace sobre el trabajo de Gutiérrez Alea es definitivo, y él no dudará en formularlo delante de Guevara cuando las relaciones se volvieron abiertamente conflictivas ( Vigón incluso llegará a abofetear al director del ICAIC en público). La carta de Vigón nos revela además que el proyecto que tenía como objetivo hacer revivir a la Cinemateca fue presentado de modo oficial. Sin mucho trabajo imaginamos que las razones por la que fue rechazado tenían que ver con estos conflictos porque la Cinemateca finalmente fue rectivada en 1961, algunos meses después de la desaparición de Vigón. Este último no solo toco a la puerta de ICAIC, sino que también lo hizo en otras instituciones culturales, como nos dice una carta con fecha del 6 de julio de 1959:

 

Germán,

Ya ha pasado 3 semanas de estar a aquí. Mis impresiones han cambiado. Pero antes de hablar de mi te diré lo tuyo.

Creo que no debes venir sino teniendo algo en concreto. Lo de la Unesco me parece muy bien. Debes entonces hacer todas las gestiones para esto y no dejarte caer. Por qué no escribes al ministro de Educación Armando Hart? El es amigo de Titón pero nunca tuvo nada que ver con nosotros [...].

Ayer vi a Maritza Alonso quien se ocupa en Bellas Artes de Cine, Radio y Televisión. También de fotografía (nueva creación en cuanto a Departamento). Es con ella con quien tengo que ponerme de acuerdo para lo de la cinemateca. Ya presenté el memorándum. Está de acuerdo para que tú seas el enlace con la cinemateca en Francia y se te pagaría algo: ella es persona difícil, pues acomplejada. Teme que yo quiera apoderarme de un cargo que le pertenece, así que yo sería colaborador solamente. No importa. Por qué no hablas con langlois y le explicas la nueva situación? Temo que alguien le escriba antes. Dile que soy yo quien se ocupa de esto. Por mi parte le escribiré. [...]

Ricardo Vigón continua explicando lo que le reserva Guevara:

 

No vengas con las manos vacías. Hay quien me aconsejó que no ligara mi nombre al tuyo, pues me perjudicaría con los demás, yo creo que es cierto. Pero no tengo ningún interés en estar a bien con cierta gente. Guevara no me tiene voluntad (automáticamente), y trata de dejarme fuera. Hasta ahora lo logra. Trataré de ingresar en el sindicato y lo haré con la ayuda de Guevara, aver si se niega. He pensado (ahora) conseguir una beca para estudiar en la IDHEC, ni sé si convendría más, me repugna un poco la perspectiva de luchar con esta gente. Pero en Cuba habrá industria de cine y me niego a pensar que se me excluya. Si me voy, ellos se quedarán dueños del terreno, coño, esto me da rabia [...].

La persona que más cálidamente me ayuda es Lezama Lima, es verdaderamente alguien excepcional.

 

Apreciaremos la lucidez con la cual Vigón observa la situación y entrevé el porvenir: el ICAIC ya se está convirtiendo en coto vedado a los antiguos miembros de Nuestro Tiempo y todas a quellas iniciativas que puedan competir con el monopolio que intenta crear Guevara son muy pronto eliminadas, sobre todo cuando provienen de individuos que rechazan la instrumentalización del cine en arma política. Ricardo Vigón vive muy pronto la experiencia. La situación se degrada rápidamente y el 30 de julio el balance que hace de la situación es aún más sombrío que el de la carta anterior:

 

Entre Guevara y yo había una especie de statu quo hasta ahora mantenido. La realidad era que no me quiere en el Instituto [...] Titón por su parte muy negativo y sin mover el dedito para ayudarme. Hubo dos o tres débiles acciones para colocarme ailleurs [sic], por ejemplo la cinemateca de Bellas Artes. Esto de la cinemateca si se hace será gracias a mis carreras.

 

Más adelante Vigón explica que en una reunión con Guevara, él expresó todo lo que pensaba de la película de Gutiérrez Alea, Esta tierra nuestra [1959]:

 

Todo el mundo salvo Guillermito que puso reservas elogió el film, considerado casi siempre obra maestra. Bien, el otro día en casa de Franqui le dije a Guevara delante de todos que Esta tierra nuestra era una mierda y además la demostración eclatante [sic] de la mediocridad de Titón y Cía. Y que ellos no eran los únicos que podían hacer cine. Guevara me pidió que lo demostrara. Yo contesté que cómo si ellos poseían el instituto, el dinero, los aparatos, etc.

 

Vigón describe con justeza el problema que acarrea la centralización absoluta de los medios de producción cinematográfica que Guevara estaba estableciendo, y comprende que su situación en ese momento estña totalmente comprometida:

 

Ahora tengo a Guevara de enemigo mortal declarado, a Titón por supuesto y a Espinosa ni se diga. Guillermito no me defendió aunque tampoco me atacó abiertamente. Dijo que él opinaba que yo estaba en una posición anacrónica, que Guevara poseía la actitud más práctica en relación con el cine y que él es la persona indicada para administrar el Instituto [...] De Guillermito tengo sospechas. El no está con los otros dos, pero no se atreve a estar de mi parte porque yo no le sirvo de nada y sería tomarse todo el riesgo, y él no es un individuo que se tome riesgos.

 

Seul Carlos Franqui, que no comparte el sectarismo de Guevara, acepta hacer trabajar a Vigón:

 

El asunto ahora es que Franqui me ha prometido que si yo presento un buen plan para filmar, él me apoya, Franqui es el más fuerte [...]

Tengo el plan de realizar un documental sobre la ciénaga de Zapata con guión de Retamar, Fayad y Oraa. Una trilogía, episodios cono en Paisa. Ahora viene el «clou» de mi carta. Germán, ven, es necesario que vengas. Yo planteé a Franquee, y a Guillermo que tú tienes que estar aquí. Yo solo soy muy débil. Pero contigo aquí, es distinto.

 

La tentación de volver a Cuba es fuerte en Germán Puig, pero el panorama que le dibuja su amigo le disuade de hacer el viaje. Visón cambia de tono en las cartas siguientes pues comprende sus reticencias, y le explica que la Revolución a pesar de todo le ofrece nuevas perspectivas, y que las querellas entre las personas no deben aterrarlo. Sin embargo, su propia situación es una buena muestra de hasta que punto la hostilidad de Guevara puede ser fatal en cualquier carrera de la esfera cinematográfica o cultural, y Puig prefiere permanecer en Europa, donde ya tiene trabajo. Otra razón lo incita a la prudencia: su proyecto de Centro Audiovisual sigue siendo papel mojado y nadie en Cuba se toma el trabajo de responderle. Desconfiado, no envía directamente el proyecto al ICAIC, donde no duda que Guevara lo echará directamente a la basura. Sino que lo envía a Raimundo Lazo, Embajador de Cuba en la UNESCO, El memorándum que redactó resume las gestiones que él efectuó ante las autoridades francesas y muestra que el proyecto gozaba de un amplio apoyo en París:

 

MEMORANDUM

De Germán Puig Paredes, Experto audiovisual

Al Dr. Raimundo Lazo, Embajador de Cuba ante la UNESCO.

ASUNTO. Creación en Cuba de un Centro Audio-Visual, eventualmente anexo a la Cinemateca de Cuba

POSIBILIDADES DE CREACION DE DICHO ORGANISMO

 

A través de la ayuda ofrecida por el Dr,. Lefranc, mi director de estudios, director del centro Audio-Visual de Saint-Cloud (máximo organismo audio-visual en Francia) con quien trabajaría en común y que supervisaría su creación. El Dr. Lefranc se encontrará el mes próximo en Ciudad México. Asistiendo a un seminario de Educadores Audio-Visuales.

Mediante [sic] el apoyo del Ministerio de Relaciones Exteriores (M, Michel M. De Beauvais, M. Gaussen) con donación de material audio-visual: vistas fijas, films, y eventualmente equipos estando asegurada la donación de grabadoras magnéticas, para la enseñanza del francés elemental y de idiomas extranjeros, así como la presencia en Cuba de un Experto Audio-Visual para la utilización de dicho medio; a cuenta del citado Ministerio.

Además, eventual donación bibliográfica [sic] y de publicaciones periódicas especializadas por parte del Dr. Mattei del Centro de Documentación.

Me parece también oportuno señalar que el Sub-didrector del Centro Audio-Visual de Saint-Cloud, Sr. Max Egly me ha manifestado su interés en ir a Cuba a organizar personalmente dicho centro en el caso de ser solicitada su presencia allá. Toda la ayuda expuesta sería obtenible desde el momento de la fundación de un centro Audio-Visual en Cuba. La anexión de la Cinemateca de Cuba, fundada por mí en 1951 y actualmente representada en Cuba por el Sr. Ricardo Vigón, aportaría el apoyo d Federación Internacional de Archivos Fílmicos, a cuyo Congreso Anual que se celebrará el próximo 20 de septiembre en Estocolmo estoy invitado esperando obtener allí la mayor ayuda posible para Cuba.

 

 

Ante la ausencia de respuesta por parte de la autoridades cubanas (hoy no se sabe si el documento solo fue leído por las personas implicadas), Germán Puig no se presentó en el congreso de la FIAF y se resignó a ver a su proyecto desvanecer. Aun cuando había algo de anacrónico en el hecho de querer construir con ayuda de Francia un centro audiovisual llave en mano en un momento en el que Cuba buscaba la emancipación de la tutela extranjera, la gestión de Puig no era menos coherente con relación a su trayecto personal y daba muestras de su unión indefectible a la causa del cine de su país.

A principios de 1960, se pierde definitivamente toda esperanza de ver revivir la Cinemateca cuando fallece Ricardo Vigón, a consecuencia de una enfermedad intestinal que sufría desde la niñez. Puig recibió con dolor la noticia y la muerte de Vigón aumentó su sentimiento de soledad en el nuevo panorama de la vida cultural cubana. Una de las pocas personas con las que se mantuvo en contacto fue con Néstor Almendros, y en una carta que le envió desde Barcelona el 26 de octubre de 1960, le hacía un triste balance de los meses pasados:

 

Querido Néstor,

Tu carta llegó hace un par de días y me produjo verdadera alegría, aparte de mi familia no recibo noticia alguna de mis compatriotas después de la muerte de Ricardo que era la única persona con quien mantenía una relación viva a pesar de la distancia. Tu carta además de hacerme saber de tus cosas me confirma cuanto esperaba de la situación del cine en Cuba estando en el Instituto Alfredo Guevara. Yo he deseado en más de un ocasión regresar a Cuba, pero la triste experiencia de Ricardo que luchó por mi regreso y ahora la tuya me hacen seguir considerando que debo esperar un poco. Adoración me ha dicho que en más de una ocasión tú hablaste en el Instituto de mí, pero sé de sobra que ello era completamente inútil, ya que Titón y Alfredo pasaron por París, el primero me dio exquisitas evasivas cuando le mostré mi deseo de volver, al segundo, que se llevo en ese viaje a Eduardo Manet, ni le vi. Considero que la experiencia cubana es de un importancia que tal vez supero cuanto podamos imaginar, pero aunque sienta el deseo de regresar, no puedo permitirme ese lujo no haciéndose publicidad en Cuba (que no me interesa volver a hacer) y estando Guevarita en el Instituto. Yo creo que deberían tratar de hacerlo saltar y publicar en Revolución un buen artículo con tu caso, el de Guillermito y el de Ricardo. Su actitud es completamente antirrevolucionaria, y por no apoyar a Ricardo y por ende a mí no existe todavía en Cuba ni una Cinemateca, ni un Centro Audio Visual..

 

Puig creyó equivocadamente que Guevara no se quedaría por mucho tiempo a la cabeza de ICAIC, y sobrestimó el poder de Franqui y de Lunes de Revolución, pensando que podrían oponerse a Guevara con éxito. Por el contrario, en 1961, con el caso P.M, derroca la tendencia liberal encarnada por Franqui, los hermanos Cabrera Infante, Almendros y Giménez Leal (todos terminaron en el exilio). El nombre de Vigón y de Puig desapareció progresivamente de los manuales del cine cubano, mientras que los vencedores se cuidaban de (re) escribir la historia.

 

Conclusión

Como esperamos haber puesto en evidencia, el trabajo que realizaron Germán Puig Y Ricardo Vigón a favor de la cultura cinematográfica en Cuba abrió nuevas perspectivas y permitió educar a numerosos espectadores. Su empeño se vio contrariado por la falta de apoyo de las autoridades de la época de Batista y por la hostilidad tenaz de Guevara después de la Revolución. Su concepción libre del compromiso artístico y su idealismo sin dudas excesivo los volvió vulnerables a los ataques de aquellos que veían en la cultura desafíos de poder antes que cualquier otra cosa. Tal vez sea por todas estas razones por la que vivieron de un modo tan intenso la francofilia, terminando por sentirse más a gusto al lado de Henri Langlois que en los círculos de La Habana. Como escribió Langlois a Puig el 14 de marzo de 1957:

 

Yo sé que ustedes son poetas, que necesitan aire, y el poco que queda en Francia igual sigue siendo aire.

 

Hoy en día no nos pertenece decir si el rechazo de Alfredo Guevara de reactivar la Cinemateca (como lo proyectaba Ricardo Vigón) y de crear el Centro Audio-Visual (como proponía Puig), era justificado o simplemente comprensible. Sin embargo, nos parece imposible a partir de ahora ignorar la obra pionera de esos dos jóvenes cuyo único crimen fue el de haber querido soplar un poco de aire parisino en La Habana.

 

Emmanuel Vincenot

Universidad de Versalles St Quentin en Yvelines

 

Resumen : Este artículo explora las condiciones concretas de la creación y desaparición de la primera Cinemateca de Cuba e intenta poner en evidencia el rol primordial de dos figuras voluntariamente olvidadas en la historia del cine cubano: Germán Puig Y Ricardo Vigón. Igualmente se señala la ayuda decisiva que les aportó Henri Langlois y revela la existencia, inmediatamente después de la Revolución de 1959, de un proyecto de centro audiovisual en La Habana, apoyado por la autoridades francesas la época.

 

Palabras claves : Cinemateca de Cuba, Germán Puig, Ricargo Vigón, Henri Langlois, Alfredo Guevara, Cine-Club de La Habana, Nuestro Tiempo, relaciones franco-cubanas.

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