LAS ESTACIONES DE PARIS

Pio E. Serrano

Recorro en París las obligadas estaciones,
de cementerio e cementerio
voy marcando esta sola aventura que le resta
a esta ciudad dormida en sus cristales.
Un ramo de flores amarillas
para un Baudelaire que tuerce el gesto
y mira desdeñoso.
Un callado homenaje a César Frank
que inclina agradecido su cabeza de piedra.
Y dejo atrás el Montparnasse.
En Père-Lachaise
como un espejo de sombras encontradas
el negro granito recibe las últimas confesiones de Marcel Proust,
pego el oído a la brillante piedra
y sólo un susurro indescifrable,
un parloteo oscuro encuentro.
Pregunto por Apollinaire
y me asomo informal a una tierra lentamente trabajada,
granulada de sorpresas y estandartes.
Malva y alada es la piedra que abraza a Oscar Wilde,
paradójico vuelo el suyo,
de la profundidad al cielo,
difícil su equilibrio.
En el costado sur reposan su muerte lo comuneros,
todo parece indicar que este muro no puede sujetarlos
y, lamentablemente, yo he olvidado el discurso plural
que la ocasión impone.
Un poco más allá, al fin, encuentro a Paul Lafargue,
a su lado reposa Laura Marx,
simpático el criollo
(no se equivocaba el viejo Carlos),
pregunta por Santiago de Cuba y sus mulatas,
por el triste destino de su olvidada palabra.
Sólo salva a Paris de sus vivos cementerios
la presencia fugaz de Germán Puig.
Sobre el cielo de París
como un ángel azul pintado por Chagall,
flota Germán y siembra el entusiasmo,
recién acaba de fundar, crear, inventar, fabular
el puente de Alejandro III,
y, generoso, se apresura a compartirlo,
nada esconde a sus amigos,
nada quiere saber del sórdido trasiego
que para el invierno guarda y atesora
trozos de vida por vivir, dádivas por dar;
ilumina, enfebrecido gnomo, los amplios bulevares,
y traza, alquimista seguro del gesto, las serenas perspectivas,
feliz como un ángel,
salva a París,
Germán,
y nadie lo sospecha.


(Publicado en el libro Cuaderno de Viaje)

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